El pasado sábado leí dos artículos de dos liberales, que me impresionaron. Uno de mi buen amigo Carlos Entrena. El otro, en El Mundo, del poeta y filósofo José María Álvarez, que, naturalmente, le ha dedicado versos al amor, pero también al gran Hayek, autor de cabecera del liberalismo, de la defensa de la libertad, una libertad que es, según la brillante y fundamental definición del mismo Hayek, “la independencia frente a la voluntad arbitraria de terceros”. Es muy, muy importante tener este concepto claro.

“Los populismos no se limitarán a controlarnos, abrirán campos de concentración”, resumía el poeta, que reconoce que la lectura de uno de los grandes libros de Hayek, “The Constitution of Liberty”, traducido al español como “Los fundamentos de la libertad”, le marcó para toda su vida. Como Álvarez ya es mayor, se atreve a decir lo que piensa, despreciando eso tan nocivo que se ha venido a definir como “lo políticamente correcto”. “Para mí, el Estado es el enemigo absoluto…Cuando un Estado crece, comienza a devorar las libertades”. “El populismo cabalga a lomos del miedo”. “Los de Ciudadanos no son liberales; en España el abanico político va desde una socialdemocracia moderada -pero en algunos aspectos más intervencionista, más saqueadora que la izquierda (por los impuestos)- al delirio”. “Yo desprecio todo nacionalismo. Me parece algo tribal, propio de gente ignorante”. “Hace falta una rigurosa y limpia batalla de las ideas, explicando a la nación, pero con verdad, qué es su historia, por qué ha sucedido cuanto ha sucedido”. Son extractos de lo José María Álvarez dijo en la entrevista con el diario madrileño.

Carlos Entrena es un gran amigo, un notario melillense -ciudad a la que no olvida- afincado en Madrid, con una sólida formación jurídica y es un convencido liberal, que preside, con acierto y entusiasmo, el Club Liberal Español. Dedicaba su habitual columna de opinión a insistir en la necesidad, por no decir obligación, de “temer” el déficit público -que endeuda ya de manera alarmante a nuestros descendientes de varias generaciones-, de no aumentar el gasto público español, ya extraordinariamente alto, sino “gestionar mejor”, sobre la base de tres objetivos, que deberían ser la referencia de cualquier gobierno eficaz (y muy especialmente del melillense): “a) Reducir entes y organismos de las Administraciones Públicas, eliminando entes improductivos o duplicados, y evitando la contratación de personal interino innecesario. b) Mejorar la gestión administrativa, limitando plazos procedimentales, estableciendo el criterio general del silencio administrativo positivo para resolvar los expedientes, y fijando mecanismos de control de calidad de la acción administrativa, o sea, introducir sistemas de gestión eficaz, análogos a los existentes en otros países de nuestro entorno occidental. c) Facilitar la creación de empleo, cuyo efecto inmediato es reducir los gastos de desempleo y, paralelamente, incrementar los ingresos fiscales y las cotizaciones sociales”.

“No estamos lejos del momento en el que las fuerzas deliberadamente organizadas de la sociedad destruyan aquellas fuerzas espontáneas que hicieron posible el progreso”, escribíó Hayek en un pasaje de su libro Los fundamentos de la libertad. Ciertamente, y a juzgar por la experiencia próxima y lejana, no estamos nada lejos de ese momento en el que un Estado monstruosamente grande y en el que hemos delegado el derecho a coaccionar, destruya gran parte de la libertad individual -la única libertad, la de la independencia frente a la voluntad arbitraria de terceros- y, como consecuencia, destruya las fuerzas espontáneas que hicieron y hacen posible el progreso.

Carta del Editor.

Editor Grupo La Voz-Gacetas

Enrique Bohórquez López-Dóriga