volar

Yo tenía una jaula y en la jaula un pajarillo, que en su día recogí cuando tan sólo era un gurripato caído del nido y que el destino o un fuerte viento había puesto en “mi camino”… o al revés, según quien cuente la historia.

Lo adopté y le di de comer, lo vi crecer y pasé horas mirándolo como hacen los artistas o los padres cuando tenemos el tiempo necesario para maravillarnos con el proceso de la creación. Al principio mi gran preocupación , el motivo de mis desvelos, fue la propia supervivencia física de la criatura, “sacarlo adelante” y darle ese cariño, ese afecto que presuponía que por causa de la pronta y traumática separación de sus progenitores naturales habría de faltarle… muchas caricias, muchas palabras, mucha paciencia y mucho internet y pasados los primeros días parecía que lo habíamos conseguido cuando se despertaron su apetito y sus ganas de vivir…

Con el tiempo mi emplumado compañero comía de mi mano y se posaba en mi hombro, cantaba cuando le silbaba y revoloteaba aquí y allá por mi salón en las ocasiones en que abría su jaula, una vez cerradas convenientemente puertas y ventanas.

Cuando venían visitas no tenía en la cabeza otra cosa que mostrarles, orgulloso, las evoluciones y habilidades de mi “Dron” pues así lo llamaba.

Pasó el tiempo y un amigo muy, muy de pueblo, con la franqueza y el pragmatismo que lo caracteriza me sugirió que debería dejar al “bicho” en libertad… Tengo que reconocer que me molestó la falta de tacto de llamar bicho a Dron y sobre todo la posibilidad de aceptar que después de todo existía siquiera la posibilidad de que estuviera mejor por ahí, expuesto a los peligros y maldades de la naturaleza en vez de en su jaula de oro que con tanto mimo le había montado… Al fin y al cabo, pensaba, si la naturaleza hubiera seguido su curso probablemente habria acabado en el estomago de algún gato…

“Pues déjale en el balcón con la puerta de la jaula abierta y a ver qué hace el bicho” me sugirió mi amigo.

Así lo hice más que nada pensando en qué Dron no se marcharía y así fue durante los primeros días; Dron no se marchó, aunque hacía salidas esporádicas cada vez más largas… hasta que un día, al cabo de unas dos semanas, que no volvió… En un principio pensé que algo le habría pasado pues no podía ser que dejara atrás el remanso de seguridad y tranquilidad que habia preparado para él (o ella porque nunca supe ni me plantee su sexo) y,en mi interior me reprochaba haber hecho caso de la “feliz idea” de mi amigo, después me decidí por pensar, por creer y por soñar que Dron no había vuelto porque simplemente tuvo la libertad para seguir sus pulsiones y decidí pensar que alguno de los pájaros que veía volar habría de ser él y me alegré ocultamente de dejarle volar, de dejarle vivir en libertad. No me sentiré culpable si algo le pasase…

Eso sí, en mi balcón dejé su jaula con la puerta abierta y cada cierto tiempo le renuevo comida y agua por si alguna vez quiere hacerme una visita o se cansa de ser un pájaro.